El síntoma silencioso que arruinó mi vida ‘perfecta’ y me hizo libre

A veces, la vida tiene una forma peculiar de decirte que algo no anda bien.

Es como ese grano incómodo en la espalda que al principio apenas notas.

Está ahí, va creciendo poco a poco, es molesto, pero no duele demasiado, así que lo ignoras completamente.

Así estaba yo.

Mi vida, aparentemente, era “perfecta”.

Tenía un trabajo estable, una relación estable, y un lugar donde vivir, sin las típicas preocupaciones de pago de hipoteca o alquiler.

Para muchos, eso es todo lo que uno necesita para ser feliz, ¿no?

Sin embargo, aunque por fuera mi vida parecía que no estaba nada mal y que estaba completamente feliz, algo en mi interior estaba empezando a oler a cacota de la gorda.

El grano estaba ahí y yo intuía que estaba creciendo cada vez más…

Ignoré esa incomodidad durante años, diciéndome cosas como “todo está bien”, “debería estar agradecido”, y “quizás soy demasiado exigente”.

La realidad es que ni yo mismo sabía qué me pasaba, ¿por qué no paraba de comprar libros sobre cómo ser más feliz si se suponía que ya tenía todo lo necesario para ser feliz?

Mi rutina era la misma de siempre: trabajar, pasar tiempo con mi pareja, salir de vez en cuando a beber alcohol, NETFLIX, redes sociales, etc.

Pero ese leve dolor no se iba.

El grano empezaba a doler un poco más cada día.

Había algo que estaba creciendo en mi interior, algo que no quería ver.

Y aun así, trataba de ignorarlo.

Después de todo, ¿no debería ser feliz con lo que tenía? ¿No debería bastarme la estabilidad, el hecho de tener “todo resuelto”?

Llegué a preguntarme si el problema era yo, igual simplemente era un desagradecido.

Me dije a mí mismo que debía estar satisfecho. Que debía valorar lo que tenía.

Pero en el fondo, sabía que algo estaba mal.

Era como vivir con una incomodidad constante, como si cada día tuviera que ajustarme para no sentirla, para no prestarle atención.

Y entonces, ese grano pequeño comenzó a crecer y se convirtió en un dolor insoportable.

Ya no podía ignorarlo.

Era como si el universo me estuviera gritando, diciéndome que tenía que hacer algo al respecto.

Pero ¿qué? ¿Qué hace uno cuando no tiene ni pajolera idea de qué le pasa?

Era 2018, y al menos sabía que me gustaba viajar, así que organicé un viaje para mis vacaciones anuales a Tailandia.

¿Por qué Tailandia?

Hay muchos lugares interesantes en el mundo, pero la mayoría de blogs hablaban especialmente bien sobre Tailandia.

Así que cómo al menos sabía que me gustaba viajar y quería descubrir lugares nuevos, planifiqué mis vacaciones de verano junto a mi pareja para hacer un viaje a Tailandia.

Al llegar a Chiang Mai, al norte de Tailandia (ahora vivo aquí de manera continua, 6 años después de ese momento), algo en mi mente hizo clic.

Fue el primer momento en el que me hice la pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida?

¿Por qué me hice la pregunta al llegar aquí y no antes de ese momento cuando estaba buscando información por internet?

Llámalo casualidad, llámalo energía del universo, llámalo como quieras, pero en ese momento algo dentro de mi cambió.

Volví del viaje y curiosamente me dio por comenzar a meditar, algo que no se me había pasado por la cabeza en ningún momento de mi vida.

No sabía meditar, así busqué por internet y encontré una aplicación para meditar.

Al principio sólo 5 minutos estaba bien y con meditaciones guiadas.

Al cabo del tiempo pasé a 10 minutos.

No lo hacía todos los días, pero sí los suficientes.

Pasaron unos cuantos meses y mi mente comenzó a cambiar.

Ahora estaba siendo consciente de que apenas sonreía en mi día a día (cuando mi estado natural es la sonrisa).

Ahora estaba siendo consciente de que no era para nada feliz.

Ahora estaba siendo consciente de que estaba viviendo una vida que en ningún momento había elegido yo.

Las expectativas de los demás y de la sociedad sobre mí me habían llevado hasta ahí sin yo tener que tomar ninguna decisión sobre si era lo que quería o no.

Ostia, ¿y ahora qué hago? Me pregunté.

Por primera vez en mi vida tenía que tomar una decisión por mí mismo.

Si seguía en la situación que estaba, iba a terminar con depresión…

El grano era tan grande y dolía ya tanto que sólo había una única solución.

Había que reventarlo.

Cuando revientas un grano de los gordos, duele. Tienes que apretar hasta que sale todo el pús y la sangre… (Muy agradable, sí.)

Por eso, el hecho de tomar esa decisión no fue fácil, porque dentro de mí había mucho miedo en ese momento.

Reventar ese grano fue una de las decisiones más difíciles de mi vida.

Una decisión que conllevaba decepcionar a todas las personas de mi entorno, y todas a la misma vez.

Pero cuando el dolor de permanecer en la misma situación es más grande que el dolor de tomar las acciones necesarias para salir de esa situación, no hay miedo que valga.

Justo un año después de volver de ese viaje y de comenzar a meditar tomé la decisión de mi vida.

Lo dejaba absolutamente todo para irme a vivir a Tailandia sin billete de vuelta.

Dejé mi relación de 3 años y medio.

Dejé mi trabajo con una mano delante y otra detrás.

Dejé el lugar en el que vivía.

Compré el vuelo destino Tailandia sin fecha de vuelta.

Me monté en el avión.

Respiré…

Ahora, después de seis años, puedo decir que la decisión de enfrentar ese dolor fue lo mejor que pude hacer.

A veces, nuestras vidas están llenas de pequeños “granos” de incomodidad que ignoramos, porque es más fácil seguir lo mismo, porque tenemos miedo al cambio o porque pensamos que no merecemos algo mejor.

Pero esos granos seguirán ahí, creciendo y haciéndose cada vez más dolorosos, hasta que decidamos enfrentarlos.

Lo curioso de esta historia es que no soy el único. La mayoría de nosotros funciona de esta manera: ignoramos el grano hasta que el dolor es tan fuerte que no nos deja dormir.

Solo entonces hacemos algo al respecto.

Vivimos en piloto automático, tolerando la incomodidad y llenando los espacios vacíos de nuestras vidas con distracciones y ruido, solo para evitar mirar lo que realmente está ocurriendo dentro.

Yo tuve suerte, porque aunque sufrí, el dolor fue lo suficientemente fuerte como para querer cambiar mi situación.

El problema es que, a veces, el dolor no llega a ser tan intenso como para forzarnos a actuar. Nos adaptamos, aprendemos a vivir con esa molestia de fondo, y pasan los días, meses, y años.

Nos convencemos de que esa incomodidad es “normal” o, peor aún, de que no merecemos nada mejor.

En ese estado, seguimos haciendo las mismas cosas que no nos sirven y caminamos hacia una vida completamente miserable.

Entonces, ¿qué podemos hacer para no tener que llegar a ese punto de dolor tan intenso, pero aún así hacer un cambio en nuestras vidas?

Primero, date tiempo para escucharte.

Dedica unos minutos al día, sin excusas, para pararte en silencio. Puede ser meditación, puede ser simplemente sentarte y cerrar los ojos.

No necesitas ser Buddha, ni si quiera saber meditar. Solo necesitas darte el permiso de sentir lo que está ahí, incluso si duele un poco.

Es un ejercicio que parece simple, pero escuchar tus pensamientos y emociones sin juzgarlos es la clave para evitar que se acumulen como una bomba que puede estallar en cualquier momento.

Segundo, cuestiona tus elecciones.

Pregúntate si lo que haces cada día, desde lo que comes hasta cómo trabajas, es realmente lo que quieres para ti.

¿Estás tomando decisiones que te acercan a la vida que quieres? ¿O estás en un modo de supervivencia, siguiendo un guion que ni siquiera recuerdas haber escrito?

De hecho, aún te digo más:

¿Sabes con claridad qué quieres en la vida?

Pararte a cuestionar qué quieres en la vida y las elecciones que estás tomando puede ser incómodo, pero esa incomodidad es dónde se encuentra el cambio real.

Tercero, haz pequeñas acciones que te saquen de la rutina.

No necesitas dar un giro de 180 grados a tu vida de la noche a la mañana y mandarlo todo a la mierda como hice yo. Si hubiera sabido hacerlo mejor en ese momento lo hubiera hecho.

Puedes empezar tomando decisiones pequeñas y distintas cada día.

Quizá hoy es caminar un rato solo para pensar, o cambiar tu rutina de ejercicios, o probar algo nuevo. Esas pequeñas desviaciones te muestran que siempre tienes la opción de cambiar el rumbo, sin necesidad de un apocalipsis emocional para mover ficha.

Y finalmente, cuarto, deja de buscar una vida sin dolor.

El dolor no es tu enemigo; es el mejor maestro que tienes.

Si sientes una incomodidad en algún área de tu vida, tómala como una señal de que algo necesita tu atención, en lugar de huir de ella. Acepta el dolor como una brújula, porque te está mostrando la dirección hacia donde realmente quieres ir.

No necesitas esperar a que el grano explote para hacer un cambio.

Aprende a sentir esa molestia antes de que se convierta en un dolor insoportable.

Porque la vida no tiene que ser perfecta para ser auténtica, y tampoco tienes que sufrir hasta el límite para merecer algo mejor.

Recuerda: detrás de cada pequeño dolor y cada grano que ignoras, hay una versión más libre de ti esperando ser descubierta.

No tienes que ser el héroe que sufre para encontrar su propósito.

Solo tienes que estar dispuesto a escucharte, a enfrentar la incomodidad, y a tomar pequeñas acciones que, día a día, te llevarán a la vida que realmente quieres.

P.D. Si mi historia te ha incitado algo de curiosidad, hay más aquí.

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